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UN SABIO SIN LUZ.

Para saber y contar, y contar para aprender, hubo una vez en un país no muy lejano, un hombre muy sabio y entendido en cualquier tema de conversación que le convidaran. Conocido por todos los habitantes del pueblo y sus alrededores gracias a su gran elocuencia al hablar y al dirigirse a todos quienes se encontraba a su paso, regalándole el fraternal saludo y una que otra palabrilla, que sabía, pocos iban a entender.

Su sabiduría radicaba en el hecho de que había leído y memorizado cada libro que se cruzaba en su camino: desde un cuento, un texto sobre gramática, leyes, una enciclopedia, diccionarios, hasta los más complejos tratados de filosofía y ciencia, los cuales decía, eran sus favoritos, o lo que es lo mismo, mientras más complejo era el reto para él lo hacía aun más interesante.

Un buen día supo, por habladas de la gente, que existía en lo profundo del bosque, bordeando el rio por el norte, una escuela donde asistían personas de todos los estratos sociales, desde un humilde campesino o un leñador, hasta los más acaudalados terratenientes y abogados. Supo entonces que quería compartir todos los conocimientos que había adquirido a lo largo de su vida con aquella muchedumbre, neófita en muchos temas, que se mostraban habidos de aprender.

Al llegar, se percato de que todos se comportaban de una forma muy peculiar, diferente a lo que estaba acostumbrado y, aunque se veía que eran educados, algunos estaban mal vestidos, otros denotaban su facilidad económica, pero la gran mayoría no sabían leer ni escribir. – Esto será divertido -pensó aquel hombre.

La primera vez que se paró frente a todos a exponer su gran sabiduría, nadie se intereso en aquel discurso. Esto fue un duro golpe en su ego y tras varios intentos fallidos casi se da por vencido. Un día, con una de sus disertaciones mas atrevidas y arriesgadas, un hombre manifestó su desacuerdo en medio de la exposición. La sorpresa fue para nuestro sabio al ver que se trataba de un albañil, que podía ser denostado por el elocuente ilustrado solo por su apariencia. Aquel humilde hombre discrepó en el tema diciendo: – Hablas de la construcción de arcos como si ya hubieras construido uno, pero sabes, la manera en que lo defines es incorrecta, necesitas construir un solo dintel con tus propias manos para darte cuenta de que no es tan sencillo, te reto a que lo hagas.
Nuestro ególatra sabio, herido en su orgullo, no tuvo mas remedio que aceptar el reto.

Acompañó al albañil hasta la obra que él dirigía, donde le fue entregado un mandil para no manchar sus ropas, un cincel, un mazo y una regla de 24” con los cuales debía dar forma a la roca que le fue asignada: un pedazo de cantera negra, muy difícil de trabajar por su valor y delicadeza. Pero nuestro ilustre amigo no cejó en su orgullo, no solo quería dar forma a un dintel sino pidió que su piedra fuera la Clave de aquel gran arco central de aquella catedral que se construía.

Pasó largos días recordando todos los tratados de arquitectura, ingeniería y construcción que había leído y estudiado, trató de hacer uso de sus conocimientos sobre física y geología pero no resultó, pronto se dio cuenta de que no le servían de nada a la hora de martillar el cincel quitando a la piedra lo que le sobraba, sus golpes eran débiles y erráticos.

Finalmente, con los brazos cansados, las manos destrozadas, la ropa manchada y el ánimo por los suelos, se dio por vencido. Pero antes de que hincara sus rodillas en el piso, aquel hombre que lo había retado a esa faena, lo tomó por el brazo y lo llevo entre dos columnas para que observara a sus hombres trabajar y entonces le preguntó: ¿hermano, que es lo que ves? A lo que el cansado sabio respondió: “veo a tus obreros trabajando afanosamente”. Exacto, le dijo el albañil, no lograras aprender algo realmente si no lo pones en práctica y demuestras que lo sabes, aunque aprendas de memoria como se hace una mezcla, como se pegan los tabiques, el nombre y uso de todas las herramientas y manuales de construcción, o bien, como se desbasta una piedra en bruto, no te servirá de nada si no lo haces con tus propias manos. El trabajo y la práctica son el secreto de esta humilde y hermosa profesión.

Fue en ese instante que, el hombre sabio y grandilocuente, de pronto se dio cuenta de que finalmente había encontrado la luz, después de tanto tiempo buscándola en sus libros, entendió que es él mismo la piedra que hay que labrar, golpear y desbastar. Entendió que el mismo es la luz ansiada, solo bastaba descifrar un último detalle y ese detalle, ese punto culminante, es parte de la tarea de todo CONSTRUCTOR.

Así pues, en cualquier trabajo, para poder recibir tu salario debes trabajar arduamente, no en la piedra de los demás sino en la que se te asignó, en tres palabras: Material, Herramienta y Obrero, o lo que es igual: TU.

Es cuanto.

Victor Manuel Soto Reyes
VM

Publicado Por Rogelio

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